Pensamientos sueltos antes de un viaje

Bogota at night, city lights.

Estos son pequeños textos que escribí algunas noches antes de mi viaje a España.

Faltan 7 noches

Faltan 7 noches. Cada mañana me levanto y vuelvo a contar, como si por contar bien me fueran a premiar con una noche menos. Tal vez si los semáforos cambiaran más rápido y las personas dejaran de echar chisme con las cajeras de los supermercados los días serían más cortos y las noches llegarían más rápido, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1. Necesito que sea 0.

Faltan 4 noches 

Creo que el viaje me ha devuelto al pasado y me ha puesto a pensar en qué es ser colombiana. Cuando volví a Bogotá a los 9 años automáticamente pasé de ser “la latina” a ser “la gringa”. Los años cruciales de mi infancia los viví en Estados Unidos y nunca pensé que no saber quién era Paquita Gallego o la Chilindrina fuera a determinar tantas experiencias y amistades escolares. Siempre me sentí como una falsa colombiana; mi familia no cocina ajiaco los domingos ni se emociona cuando juega la selección, y jamás entendí (hasta el día de hoy) el famoso dicho de “¿quiere cacao?”. Fue como si esos primeros años de mi vida en el país de la hamburguesa y el béisbol no fueran homologables en el país del café y la salsa. Pero me tuve que adelantar, así que escribí las letras de las canciones hasta aprendérmelas, me reía a medias de los chistes de novelas antiguas, y me convencí de que yo, como todos los colombianos, también había hecho paseos de olla en los ríos.

Ahora, 20 años después, estoy logrando lo que siempre me prometí, irme sin un vuelo de regreso, y a pesar de los años de críticas y reproches, me voy con la certeza de que soy de la tierra de la fruta fresca, de los “buenos días veci”, del tintico en las mañanas nubladas, de las narraciones de fútbol que te mantienen al borde del asiento, de la canción de café Águila Roja en navidad y de las ganas de solucionar los problemas con baile hasta en medio de una guerra. Colombia, me diste mi compañero de vida, amigos desde Australia hasta Brasil y la alegría para enfrentarme al mundo, y así lo niegue, te voy a extrañar. Gracias.

Faltan 2 noches 

Cuando era pequeña tenía una nana, Emilia. Todos los días jugaba conmigo y me cuidaba hasta que mi papá y mi mamá llegaban de trabajar. Probablemente Emilia me vio crecer más de cerca que a sus propios hijos. Hace mucho tiempo dejó de cuidarme, pero la quería ver antes de irme. Nos vimos en el apartamento de mi mamá y le mostré las fotos de mi matrimonio, se le aguaron los ojos y dijo:

─¡Mi muñeca se creció!

Luego hablamos de su vida, y mi mamá iba soltando nombres que sabia que pertenecían a sus hijas o nietas pero que en mi mente no tenían una cara definida. Ha estado haciendo frio en Bogotá, como siempre, y a su esposo le dio un dolor de garganta que no se le quitaba con nada, ni con jengibre ni con Noraver. Alguien del barrio les recomendó un curandero en Tinjacá, un pueblo a tres horas de Bogotá. Entonces se fueron a Tinjacá a buscar al curandero y ponerle fin el dolor incurable. Llegaron y el curandero les dio un remedio de eucalipto, sábila, clara de huevo y otras hierbas, mientras les cortaba la garganta con unas tijeras invisibles. En ese momento nos miró, paró de hablar y dijo:

─Bueno, cada uno con sus creencias ¿no? ─explicó, sabiendo que mi mamá y yo no creemos mucho en supersticiones.

Al final a su esposo se le quitó el dolor de garganta.

Falta 1 noche

De tantas cosas que tengo que hacer no siento la emoción aún.

Son las 7:30 a.m., ya puse a lavar las sábanas y bajé los cojines de mis sofás para regalárselos al reciclador que pasa por mi casa (ahora ex casa) todos los jueves. Los amarró todos a su carrito que hala por las calles empinadas de la Macarena. Carrito es una exageración, es más una tabla con 4 llantas como de una silla de computador. No sé cómo le cupieron todos los cojines. ¿A dónde se los va a llevar?  En un momento pensé que le iban a servir en su casa, pero probablemente no tenga casa, no sé.

Luego tuve la última reunión en Skype con mi equipo de trabajo y corrí a la oficina a entregar mi computador. ¿Les ha pasado que cuando no han dormido bien sienten que todo es como un sueno? Así estuve yo todo el día. Luego cogí un taxi para una comida de despedida en la casa de mi tía. Comimos raviolis de Pozzetto.

Cuando era pequeña mi papá me llevaba con él todos los domingos y me sentaba en el mostrador de Pozzetto mientras pedía los raviolis y la salsa. Al fondo se veían todos los espaguetis recién hechos colgados en estantes de madera, como si fueran ropa secándose en la cuerda. Había un pozo en la mitad del restaurante. Hasta ahora caigo en cuenta que por eso se llamaba Pozzetto. Hasta hace un mes Pozzetto estuvo siempre en la 61 con 7ma. Van a demolerlo para hacer un edificio de apartamentos.

No más trabajo, no más Pozzetto, no más Bogotá.

Bogota at night, city lights.

 

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